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Dinámica Social en el Altiplano y la Cuenca del Titikaka: del Formativo a los Estados Regionales Tempranos

  • Periodo Formativo
  • Desarrollo Regional Tardío - Los Señoríos Aymara hablantes
  • El Periodo de la Colonia



  • El Periodo Formativo

    Caracterizado por procesos de sedentarización asociados a desarrollo de técnicas de agricultura y ganadería, así como al manejo de la metalurgia y por supuesto la cerámica, fue un desarrollo en crescendo hacia la complejización social y cultural en algunas regiones cercanas a la cuenca del Lago Titikaka. Mientras que en el altiplano central y sur los grupos de pobladores se establecían en aldeas sin que existiera una preeminencia de alguna o algunas de ellas sobre las otras, en la región de influencia del lago se consolidaron cacicazgos con una alta interacción entre ellos derivada del deseo de ganar supremacía política. Al final del periodo sobresalen los Pucará y Tiwanaku , alcanzando estos últimos a conformarse en Estado con control político y alta influencia religiosa en la región.

    La fase anterior a la constitución del Estado Tiwanacu es conocida en la arqueología como la tradición religiosa Yaya Mama, que se caracteriza por construcciones de carácter público como templos así como por estelas líticas, algunas de ellas antropomorfas (Rivera Casanovas & Strecker, 2005). De otra parte, se tiene evidencias de que en la zona costera de Chile y sur de Perú durante este periodo se mantenía contacto con el área circundante al Lago Titicaca, lo que junto con otros factores, como un amplio conocimiento del medio y una larga tradición de caza y recolección, favoreció la introducción de la agricultura en los valles occidentales de los Andes por parte de grupos costeros semi-nómades que fueron transformándose en sociedades agrícolas. A estos habían llegado de manera estacional en busca de recursos, alimentarios y materias primas para la confección de los diferentes elementos de su cultura material desde el Arcaico (Muñoz Ovalle, 2004).

    “En el caso de los valles de los extremos del sur de Perú y norte de Chile este proceso [sedentarización] vino a conceptualizar las bases de un desarrollo más estable a partir del 1.000 a.C. cuando el hombre logró explotar la tierra, lo cual fortaleció la estructura económica de las poblaciones del Pacífico, generándose una organización en términos aldeanos más sólida y estable” (Muñoz Ovalle, 2004). A estos valles del Pacífico llegaron las culturas andinas y se constituyó durante el Estado Tiwanacu en un gran centro administrativo.

    El Periodo, Desarrollo Regionales Tempranos (Horizonte Medio)

    Es marcado por el desarrollo y expansión de Tiwanacu que llegó a abarcar el occidente de Bolivia, sur del Perú y norte de Chile, no obstante se registran en la misma época sociedades regionales en los valles interandinos. De acuerdo con Rivera y Strecker, no existe unicidad entre los investigadores sobre la naturaleza del Estado Tiwanaco. Para unos, se trata de una entidad política compuesta por diferentes grupos confederados, mientras que para otros sería una entidad política centralizada con un aparato burocrático (Rivera Casanovas & Strecker, 2005). En lo que si concuerdan todos es en el hecho que logró articular mediante relaciones económicas, políticas e ideológicas a comunidades instaladas, tanto en la costa como en el altiplano y los valles interandinos.

    Esta estrategia de ocupación territorial y de complementariedad en el aprovechamiento de recursos de pisos térmicos variados, que configuró una organización social particular, fue perpetuada por los señoríos Aymara y se ha constituido en una característica de lo que se ha denominado el área Andina.

    La civilización Tiwanacu alcanzó altos desarrollos en técnicas de producción agrícola complementada con el pastoreo de camélidos dentro de un esquema, de explotación vertical de diferentes pisos térmicos, lo que favoreció la estratificación social y la consolidación de un Estado teocrático.

    Las técnicas de producción se sustentaban en la construcción de cochas, lagunas artificiales, camellones, andenes de cultivo, configurando un paisaje de terrazas escalonadas, así como los campos elevados de cultivos, aptos para zonas inundables o con alta oferta de aguas de riego. El especializado manejo de las aguas, ya fuera a través de las cochas, de canales o de sistemas de riego, ha sido uno de los grandes aportes de esta civilización. En especial con el sistema de cultivos elevados se lograba controlar la pérdida de cosechas por inundaciones y heladas en tanto se mantenía el nivel de humedad de las eras, se aprovechaba el calor irradiado por la tierra en la noche equilibrando la temperatura alrededor de los cultivos y se conducía el flujo de aguas de manera ordenada. Experimentos relativamente recientes, como el adelantado por Kolata en la cuenca de Lago han arrojado importantes datos sobre la trascendencia de este sistema precolombino de cultivo (Kolata, 1994).

    La ganadería de camélidos fue igualmente importante. De allí obtenían proteína animal a través del consumo de esta carne, a la que le aplicaban técnicas de secado que permitía su conservación por largos periodos de tiempo, a la vez que algunos de ellos, las llamas especialmente, servían de animales de carga. Esta economía se expresó igualmente a través de la institución de las caravanas, sistema de intercambio de bienes e ideología que se realizaban utilizando como animales de carga las llamas.

    Simultáneamente en los valles interandinos se consolidan grupos sociales con diferentes grados de fortalecimiento que van tejiendo relaciones de poder político, algunas de las cuales se articulan a la esfera de Tiwanacu. “Todavía se discute si es que existieron colonias Tiwanaku en estos valles o un control directo (Higueras Hare 1996). Más hacia el sur diferentes grupos sociales tuvieron un desarrollo local con una economía agrícola y pastoril. Las sociedades de estos valles mantuvieron fuertes lazos económicos, políticos y tal vez de parentesco con los grupos de las tierras bajas bolivianas (Alconini McElhiny y Rivera Casanovas, 2003). En diferentes grados también participaron en esferas de interacción con Tiwanaku a través del intercambio y otros vínculos que les permitieron adquirir bienes preciados. (Rivera Casanovas & Strecker, 2005)” (Rivera Casanovas & Strecker, 2005).

    El decaimiento y fisión de este Estado se da finalizando el Siglo XI, sin que hasta ahora se hayan explicado claramente sus causas. Se le asocia con factores ambientales, cambios climáticos que produjeron un largo periodo de sequía, así como tensiones sociales, a partir de invasiones, de grupos Aymara, que condujeron al rompimientos de los lazos político-religiosos que la cohesionaban; aunque algunos etnohistoriadores apoyan esta hipótesis, los arqueólogos no encuentra un rompimiento abrupto sino, por el contrario, un proceso de decaimiento paulatino.

    Desarrollo Regional Tardío - Los Señoríos Aymara hablantes

    La caída de Tiwanacu reconfiguró el paisaje social en el altiplano y valles adyacentes dando paso a la consolidación de unidades políticas autónomas, a las que, entre otros, se les ha denominado señoríos, con una alta independencia pero a la vez con una relaciones dinámicas y conflictivas.

    El Sistema de Organización Socio-Económica

    Según Alberti y Mayer, el fundamento de la organización socio-económica Aymara en este período son la reciprocidad, la redistribución y el control ecológico vertical. La primera de ellas permea los relacionamientos entre los miembros de un grupo, así como entre estos y su comunidad (aunque también permea otras esferas como entre el hombre y la naturaleza, por ejemplo). Al interior de un ayllu, la reciprocidad entre individuos se expresa principalmente en trabajo, y entre el individuo y su comunidad en los turnos para asumir cargos dentro de esta de acuerdo con su edad.

    La redistribución, mecanismo mediante el cual se devuelve a los individuos de una comunidad aquello que se hayan acumulado, se realizaba en esferas de tipo ceremonial como las fiestas.

    Por su parte, sobre el control vertical de pisos térmicos, modelo que ha sido planteado para explicar la estrategia desarrollada por las etnias Aymara, entre otras, para alcanzar su ideal de autonomía, presenta variaciones. Es así como, para los Andes suramericanos se han establecido dos sistemas que si bien se basan en el mismo concepto de optimizar el acceso a recursos no producidos localmente, haciendo explotación de los mismos en diferentes pisos térmicos, varían en cuanto a la escala. Se trata de la micro-verticalidad y la macro-verticalidad o modelo archipiélago. La diferencia entre ellos está dada por la distancia de los sitios de explotación de recursos, que en el primer caso sería de aproximadamente un día. En el segundo de los casos se establecían enclaves poblacionales permanentes en otros ecosistemas conviviendo con etnias locales o de colonias de otros grupos. En este caso, los asentamientos se ubicaban principalmente en sitios de frontera ecológica y desde allí se incursionaba en los pisos adyacentes. El primer modelo en mención presenta en los registros etnográficos una mayor frecuencia en el sector norte de los Andes, del norte de Perú hacia Colombia (Herrera Wassilowsky). El segundo modelo, más propio de los Andes centrales, es en el que se ubican los Aymara.

    La presencia de uno u otro modelo se relaciona con la fortaleza políticas de cada grupo étnico y de su capacidad de control regional asociado al mismo, para lo cual tuvieron que definir estrategias de relacionamiento político y/o de parentesco, constituyendo en todos los casos sistemas altamente dinámicos asociados a redes extensas de intercambio con mecanismos particulares. Para ello, los grupos debieron definir mecanismos sociales que favorecieran el intercambio como por ejemplo: exogamia intra-comunal, arreglos extraterritoriales de partición de cosechas, colonias multiétnicas, alianzas militares, entre otros (Salomón citado por (Herrera Wassilowsky).

    Con relación con los Aymara, Murra plantea que “Cada etnia se esforzaba de controlar un máximo de pisos y nichos ecológicos (...) Las etnias más grandes, como los lupaqa, podían apoderarse simultáneamente de oasis en Ilo, Moquegua o Lluta (...) pero también de cocales en los Yungas de La Paz, los cuales quedaban muchos días de camino del núcleo de poder, de pastoreo y de producción de la alimentación básica, ubicado en las orillas del lago” (Murra, Los límites y las limitaciones del "archipiélago vertical en los andes"., 1978) citado por (Herrera Veas, 1997).

    La racionalidad que perfila este sistema socio-económico ha sido definida como el ideal autárquico que tenían estas etnias y que todavía soporta la organización social y económica en una gran parte de los indígenas Aymara hoy.

    Complementariamente, para la época se ha registrado un modelo adicional para acceder a recursos que no se producían localmente. En esta modalidad, la obtención de los mismos se obtenía mediante la especialización de la producción propia (agrícola, pecuaria o artesanal) con la cual se participaba en los circuitos de mercado. En este contexto, igualmente se ha planteado la inserción del modelo caravanero, que basado en la cultura pastoril de los habitantes de las alturas, en las que llamas y pastos era su gran capital, se insertan en la dinámica económica regional tornándose en los mediadores de las alturas. En tanto su base económica no les permite alcanzar la autarquía establecen relaciones con los otros grupos sociales presentes a través de vínculos económicos, sociales, políticos y culturales e incluso identitarias (Arnold).

    Configuración del Territorio de las etnias Aymara antes del Incanato

    El territorio tradicional Aymara al momento de la llegada de los españoles se extendía desde Urcos, a pocos kilómetros de Cuzco hasta el sur de Potosí. “Antes de la implantación de los incas en el Collao, la población Aymara, repartida en varios señoríos, constituida la etnia dominante tanto desde el punto de vista numérico como político” (Bouysse-Cassagne, 1987). Compartían esta meseta con los Pukinas y los Urus, pero a la vez se relacionaban con grupos locales de valles tanto de la vertiente oriental como occidental de los Andes.

    Los centros administrativos y sociales de estos reinos se ubicaban principalmente en las tierras altas y frías a la que denominaban urco (alto) o thaaña (frio). Las fortalezas con las que protegían sus centros de vivienda los acreditan como etnias guerreras. La economía en la puna se basó principalmente en el pastoreo de camélidos (alpacas y llamas), especies adaptadas exitosamente a este ecosistema con escasos recursos alimenticios. Perfeccionaron un conocimiento profundo sobre su medio ambiente en el que lograron desarrollar un sistema agrícola reconocido hoy como el más sostenible para la zona, basado en la siembra de tubérculos los cuales eran deshidratados y almacenados por largo periodos de tiempo.

    Tratando de aportar al entendimiento de las dinámicas de las relaciones interétnicas del altiplano y los valles, la investigadora T. Bouysser-Cassgne propone la existencia de señoríos multiétnicos en el que los Aymara mantenían el control político pero estaban incorporadas dentro de su sistema de representación simbólica territorial las demás etnias con quienes lo compartían, desapareciendo así el discontinuo geográfico del sistema “tipo archipiélago”. Para está autora, de acuerdo con el sistema dual de categorización Aymara, el territorio de estas naciones se dividía en dos mitades longitudinales (en sentido noroeste-sureste) por el eje dibujado por los Ríos Azangaro – Titicaca - Desaguadero, alrededor del cual organizaban, igualmente en bi-particiones, las comunidades de cada reino: las que se asentaban en la puna y las que se asentaban en los valles. A su interior el Lago Titicaca constituía un taypi (centro) o área intermedia. La primera de ellas era denominada el urcosuyo, partes altas del altiplano y el umasuyo, parte oriental del Lago Titikaka, que abarcaba la extensión de tierra comprendida entre este y los valles de la hoya amazónica (Bouysse-Cassagne, 1987).

    El Lago, que no pertenecía ni al urco ni al uma suyo, era el eje de las biparticiones internas de los reinos colla y pacajes, cuyos territorios estaban localizados en ambas orillas. Integrando en un solo esquema la estrategia de explotación vertical de los diferentes pisos térmicos con la categorización Aymara de acuerdo con su sistema simbólico de representación, tenemos:

    FIGURA 1 DUALISMO Y VERTICALIDAD AYMARA

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    Fuente: (Bouysse-Cassagne, 1987)

    *Alaa, valles de arriba, los de la cuenca del Pacífico; Manca, valles de abajo, los amazónicos.

    FIGURA 1 DUALISMO Y VERTICALIDAD AYMARA

    Fuente: (Bouysse-Cassagne, 1987) *Alaa, valles de arriba, los de la cuenca del Pacífico; Manca, valles de abajo, los amazónicos.

    Dentro de este sistema dualista de representación la gente del urco suyo estaba asociada con lo masculino, a la virilidad asociada a la violencia y de esta manera se veían a sí mismos los Aymara. Los de arriba, en contraposición a los de abajo, los de uma suyo (uma significa agua en Aymara), eran los guerreros.

    El uma suyo mayormente poblado por las otras dos etnias que se encontraban en la región, los uro y puquina, estaba asociado a lo inferior, a lo de abajo, a lo femenino. Este hecho junto con el de compartir la religiosidad: adoraban la misma huaca, la del Lago Puquina, a la que le eran ofrecidas ofrendas similares y a la vez diferenciadas de las que los de arriba ofrecían a su huaca, la montaña: los primeros llamas blanca, los segundos negras, por ejemplo, favorecieron la fusión entre uros y puquinas.

    Organización Social de los reinos Aymara

    Cada reino se dividía en dos suyus o sayas: arajsaya (partes altas) y manqhasaya (partes bajas), cada una de las cuales tenía a su cabeza un kuraka o cacique. Cada saya comprendía una serie de ayllus o grupos de parentesco extenso, con sus viviendas y tierras de pastoreo propios. Cada suyu contaba con ayllus tanto en las tierras altas, de pastoreo, como en las bajas, de vocación agrícola, entre los que se establecían una relación de complementariedad uno a uno, es decir cada ayllu en la puna tenía una contraparte en un valle, pertenecientes los dos al mismo suyu, con la que intercambiaba mayoritaria y preferencialmente los productos propio de cada cual. Este intercambio era reforzado por reglas de matrimonio que generaban lazos de parentesco y políticos que contribuían a reforzar las relaciones socio-económicas.

    El dirigente del suyu, kuraka, provenía siempre de los ayllus de tierra fría y de los dos quien provenía del suyo de las partes altas, era quien citaba a las reuniones y gozaba de precedencia sobre su compañero. De manera complementaria es la autoridad que detentaba el kuraka existía la figura del hilacata (también escrito como jilaqata), persona mayor de su comunidad quien hacía labor de vigilancia sobre la gestión kurakal. En conjunto, estas dos autoridades ejercían la misma en la coordinación y organización del trabajo, la distribución de recursos y tierras, el buen comportamiento de acuerdo con los usos y costumbre y a oficiar ceremonias religiosas. Las decisiones no podían ser tomadas por el dirigente de manera autónoma. Las tierras del ayllu, comunitarias, eran entregadas por un periodo de un año a diferentes familias de acuerdo con la necesidad y capacidad de trabajo de cada una.

    El Sistema Productivo en la Puna

    El sistema de producción precolombino Aymara, que como se mencionó se basa en el pastoreo y en la agricultura, se conserva hasta la actualidad en las zonas rurales. Su adaptación a las tierras frías y secas de la puna ha demostrado ser el mejor sistema, hasta ahora conocido, de explotación de un medio tan frágil, restringido en términos de recursos, y con condiciones extremas de clima.

    Perfeccionaron formas de conservación de tubérculos, frutos y carnes mediante el sometimiento de los mismos a cocción y luego deshidratación exponiéndolos durante varios días a la intemperie para que recibieran alternativamente el sol (calor) y las bajas temperaturas de la noche (frio).

    Alcanzaron tal conocimiento de los tubérculos que se han identificado 250 maneras Aymara de clasificarlos; de hecho, la base de su dieta la constituía la papa. De acuerdo con Bouysser-Cassaignes “Casi todas las reservas alimenticias de la puna eran frías y secas, conforme a la imagen de la tierra que las engendró; elaboraban una especie de galleta de papa, de quinua o de maíz cocidas al horno y luego expuestas al viento de la puna. La harina de quinua, la quinua asada, los bolos de quinua (que componía el viático por lo ligeros y por su alto valor nutritivo), formaban parte de los alimentos secos” (Bouysse-Cassagne, 1987).

    Almacenaban en construcciones de cáñamo la papa deshidratada (chuñu) y en otras de abobe e ichu , la quinua y la carne.

    La Articulación con el Tahuantisuyu

    La incorporación de los reinos Aymara, particularmente, no fue pacífica. El carácter guerrero de estas etnias condujo a múltiples enfrentamientos entre Aymaras y pukina contra los invasores. Ya bajo la dominación del nuevo poder político se conocen relatos en que los Incas aprovecharon la formación guerrera de reinos Aymara como los charcas, Caracaras, Chuis y Chichas para obtener ejércitos con los cuales continuar su expansión (Bouysse-Cassagne, 1987).

    De acuerdo con Alberti y Meyer, “Con la expansión y consolidación del imperio incaico el numero de mitmaq crece y en algunos casos sus funciones económicas dejan paso a tareas de orden político militar. A pesar que la norma de reciprocidad permanece vigente, su significado es utilizado en un nuevo contexto que permite el desarrollo de un aparato estatal que se apoya en ella para extender su dominio” (Alberti & Meyer, 1974). En este periodo, el kuraka asumió el rol de intermediador entre su comunidad y el estado incaico. Su importancia radicó en su capacidad de movilizar la población de acuerdo con los trabajos requeridos.

    A nivel de la representación simbólica del territorio, la concepción Inca del mismo es la de pares opuestos que en conjunto integran el Tahuantisuyo, cuatro divisiones o suyos, con un centro conformado por el Cusco. Dentro de este sistema, el propio de los Aymara es desarticulado y debe recomponerse de acuerdo al de la sociedad dominante. Es así como los suyos urco y uma pierden cada uno sus partes bajas, los valles costeros y selváticos respectivamente y son integrados en el Collasuyo. Por su parte, los valles de la vertiente costera pasan a integrar el Cuntisuyo y los de selva el Antisuyo. El cuarto suyo no mencionado es el Chinchay suyo.

    Bajo la administración Inca las sociedades del altiplano se organizaban en dos confederaciones (Hatun Apocazgos): Collao y Charka. No existe unanimidad, entre los investigadores sobre si dicha organización socio-política fueron anteriores al imperio inca o por el contrario son producto de las políticas de ordenamiento territorial de dicho Estado. Es posible que se estuviera madurando un proceso de confederación previo a la entrada de los Incas en algún caso.

    La nueva administración contribuyo a generar un espacio social más homogéneo dentro del collasuyo, acortando las diferencias interétnicas, contrario a lo que pasó en los valles, Cunti y Anti suyo a donde fueron desplazados de manera masiva población de otras localidades del imperio para crear colonias, profundizando la heterogeneidad étnica en dichas áreas.

    Por otra parte, “el Incanato no violentó ni menos desmanteló el sistema social y cultural de los reinos Aymarás que imponen al Collasuyo. Más bien, estos reinos fueron incorporados como tales en el imperio, respetando sus propias autoridades, su religión y sus estructuras propias, persiguiendo una plena coexistencia y una relación de intercambio fundamental simétrico, aunque en última instancia jerarquizada y gobernada por el Cuzco. Más aún, su desarrollo de tipo endógeno fue estimulado (no paralizado ni destruido) por la capacidad técnica y administrativa de los yanacona adiestrados en los centros incaicos. Toda la política imperial apuntaba a un desarrollo y a un refuerzo de las estructuras del Collasuyo. Sólo el talento gubernativo y la moderación del Inca supo transformar la contradicción entre la nación vencedora y la vencida en una coexistencia tensa, pero provechosa y productiva” (Kessel J. , 2003).

    De acuerdo con Meyer, esta relación con el Inca antes que simétrica era de reciprocidad asimétrica y de redistribución. “Cuando el Inca vencía a un curaca local a menudo lo colmaban de regalos, escogidos entre los bienes más preciados: los tejidos” (Watchell 19973), pero al mismo tiempo declinaba su ‘derecho eminente’ sobre todas las tierras que luego sufrían una tripartición: “una parte reducida se reserva para el estado, otra igualmente mínima para el culto del sol (padre del Inca) y el resto de la comunidad (Wachtel, 1993)” (Alberti & Meyer, 1974).

    El Periodo de la Colonia

    Durante el periodo de la colonia y dentro del nuevo ordenamiento territorial instaurado por la corona, el territorio tradicional Aymara quedó bajo la administración del virreinato del Perú. La mayor parte de sus comunidades pertenecían a la Audiencia de Charcas, quedando excluida de esta la franja de Arica y Tarapacá, Puerto de Potosí, cuya administración dependía directamente del virreinato, a través del gobernador delegado de Arequipa. No obstante, su cercanía geográfica la convertía en la práctica en la puerta natural de entrada a Charcas. Contrario a lo que hoy ocurre, tales adscripciones a circunscripciones administrativa foráneas no restringieron la movilidad y el sistema de relacionamiento entre los caciques Aymara.

    Las instituciones instauradas por la corona española nuevamente reconfiguran el territorio de los Aymara. A este nivel, sin que ello implique desconocer la magnitud del impacto en la población originaria a causa de la implantación del régimen colonial, la reorganización del espacio y de las poblaciones locales a la voz de los fines económicos de la corona y sus representantes fracturó el modelo tradicional de islas-archipiélago iniciando un proceso, que no se detuvo durante el periodo Republicano, de constricción de su territorio imposibilitando la expresión de su sistema tradicional de manejo de tierras y complementación de recursos.

    Es así como las reducciones de indios transformaron sus ayllus en pequeños poblados a los que la Corona entregaba unas tierras comunales cuyo producto era tributado al sistema y tierras individuales a los miembros de la comunidad para su autoabastecimiento.

    Durante este periodo se configuró una sociedad completamente segregacionista en la que de un lado se tenían las naciones de indios y de otra la de los colonizadores, con una creciente masa de mestizos rechazados por uno y otro.

    La encomienda, como forma de organización del territorio de las colonias sometió a los indígenas a una explotación de su fuerza de trabajo para la producción de tributos que eran repartidos inicialmente con el encomendero y la corona y posteriormente por los clérigos. Asociada a esta relación económica estuvo la estrategia de adoctrinamiento de los indígenas, a la que no escapó el Aymara.

    El interés desmedido por la extracción de minerales preciosos y las mitas organizadas alrededor de dicha actividad económica tuvo un alto impacto en los Andes sur-centrales, en tanto Potosí se convirtió en uno de los más importantes yacimientos de plata con el que contó el reino español; este configuró una alta demanda de recursos de todo tipo, mano de obra, alimenticios, etc. que fueron movilizados desde los Andes.

    Es para esta época que Arica se configura como un importante puerto para el tráfico, entre otros, de la plata y el azogue y dio mayor relevancia a las caravanas. Al respecto menciona Herrera: “Las caravanas potosinas operaron indistintamente con llamas o mulas sin preferencias en el envío de sus productos, el único factor que determinó esta opción era el costo del flete […] Las tropas de mulas estuvieron mejor cotizadas por su capacidad de carga, no obstante, las llamas tenían mayores ventajas comparativas, las cuales se dejaban sentir en los momentos de sequía, cuando los pastos eran escasos” (Herrera Veas, 1997).

    En este circuito de mercado, los poblados Aymara ubicados en los altos de Arica como los de los Carangas y Pacajes eran los sitios donde permanecía el ganado, en tanto requerían los pastos propios de la puna. Desde allí debían mantener comunicación para coordinar el desplazamiento de los animales con el arribo del azogue. La utilización de los tambos, sitios de descanso, pre-hispánicos por parte de las caravanas, registrados desde la arqueología, evidencia la dinámica de las interrelaciones que para la época tuvieron el altiplano circumtiticaka y los valles costeros del pacífico. De importancia vital para la actividad minera de la plata fue la sal indispensable para el proceso de separación del metal, la cual era obtenida de los salares de la zona.

    Dicho modelo se fue transformando a medida de las necesidades de la corona de imponer el orden de sus representantes allende el mar en la creación de corregimientos, reducciones socio-territoriales, de tipo más urbano, en villas o ciudades organizadas alrededor de un centro administrativo. Los repartimientos obedecen igualmente a los intereses económicos de España y desconocen las jurisdicciones territoriales locales, agudizando la desarticulación de los territorios y la generación respuestas sociales a la agresión.

    “Así, en Oruro hubo, entre los años 1736 y 1750, una larga y feroz rebelión en protesta contra la presión tributaria y las elevadas tarifas y aranceles para los servicios religiosos de las doctrinas. Durante trece años dominó y controló una gran parte del altiplano boliviano. Sus intenciones eran la restauración del Imperio Incaico. Esta rebelión tuvo un eco en todo Carangas (a la que pertenecían también Isluga y Cariquima, aunque periféricamente), y hasta mucho más allá de sus límites. Veinticinco años más tarde, el Virreinato del Perú tuvo una crisis más grande por la rebelión de José Gabriel Amaru y Tupaj Katari, su amigo y socio, originario del altiplano boliviano (1780-1782). En esta gran rebelión, con las mismas intenciones de restauración del incanato, participaron también, y ferozmente, los indios de Codpa” (Kessel J. , 2003).

    El surgimiento de las haciendas, que derivan en la creación del latifundio cada vez impacta de manera más aguda los antiguos territorios tradicionales. El sistema de hacienda entregaba con carácter privado a un español una extensión de tierra y la población que la habitaba, a quienes llamaban colonos, lo cuales tenían que trabajar al menos cuatro días en las propiedad a cambio de 200 metros cuadrados para su usufructo. Igualmente, tenían una carga impositiva que cumplir.

    En términos de sus autoridades, durante la colonia los máximos dirigentes de las federaciones, reinos y parcialidades (Malku) fueron denominados curaca o cacique y tuvieron trato preferencial, fueron exentos de tributo, por ejemplo, constituyeron una élite de principales en oposición indios del común.

    En los primeros años de la República, desde 1825, aún coexistían las comunidades indígenas y las haciendas y lo que en el fondo se disputaban era la permanencia de las comunidades o su absorción por parte de las haciendas.

    Con la llegada de la independencia, donde los Aymara actuaron activamente a través de los grupos Montoneros, soldados reclutados durante las gestas independentistas , no aliviana la situación.

    “Paradójicamente la invasión española y la instauración de un régimen colonial facilitó en cierta medida la consolidación de un grupo más claramente identificado como Aymara. Se debió a una triple fijación: social, geográfica y lingüística” (Albó X. c., 1998).

    Con la independencia de Perú y Bolivia, 1821 y 1825, respectivamente, fragmentan la unidad territorial de la nación Aymara y la dividen a la altura del Lago Titicaca en una línea imaginaria que se orienta de noreste a hacia el sur, como es en la actualidad. Posteriormente, a finales del siglo decimonónico la región de Arica Tarapacá es anexada por Chile luego del conflicto bélico que enfrento con Perú y Bolivia.

    3. También escrito como Tiwanaku,Tiahuanaco, Tiahuanacu.

    4. Tipo de pasto propio del altiplano.

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